No recibió Catalina ninguna instrucción
y ni siquiera sabía escribir, por lo que tuvo que recurrir a
secretarios y amanuenses para redactar sus obras. Pero Dios le comunicó
la ciencia difusa de las verdades divinas, de tal suerte que, en sus
Cartas y su Diálogo habla como los más sabios doctores.
A los cinco años tuvo en plena calle una visión
de Cristo extendiendo su mano para bendecirla, quedando ella tan transportada,
que un hermano suyo que la acompañaba no podía volverla
en sí. Esta fue la primera experiencia de lo sobrenatural, que
dejó profunda huella en su espíritu y le abrió
horizontes inmensos.
SEGLAR DE LA TERCERA ORDEN DE SANTO DOMINGO
Perseguida por su propia familia a causa del voto de
virginidad que había hecho y de las espantosas austeridades que
practicaba, se ocultó en la "celdilla" de su corazón,
donde permanecía día y noche en coloquio amorosísimo
con Dios, hasta que obtuvo de su padre la autorización para seguir
su vocación. Tomó el hábito de la Tercera Orden
de Penitencia de Santo Domingo, a los dieciseis años, apoximadamente
y vivió algunos años en el seno de la famlia, enteramente
entregada a la oración y al servicio del prójimo necesitado.
Su vida oculta, de maduración espiritual, culminó
en el desposorio místico con Cristo a los veinte años.
El Señor la guiaba personalmente por los caminos de la santidad.
Su vida interior se va a desbordar en una continua y práctica
de su lema favorito: "las florecillas del amor para Dios; los
frutos para el prójimo".
ACCIÓN PÚBLICA
A los veinticuatro años de edad, entre 1371
y 1372 empezó de lleno la acción pública de Catalina.
De esta época son las primeras cartas a las que grandes figuras
del gobierno de la Iglesia y gobernantes de las repúblicas italianas,
así como sus primeras actividades para promover la cruzada. Realizó
varios viajes a Florencia, Pisa, Luca y otras ciudades italianas, siempre
en misión de paz o para promover el bien de la Iglesia.
En 1376, después de lucas sin cuentro y de mi
vicisitudes que hubieran desanimado el espíritu varonil más
esforzado, Catalina consiguió del Papa Gregorio XI que abandonara
Aviñón y volviese a residir en Roma, la ciudad predestinada
por Dios, para centro de la cristiandad. La corte pontificia abandonó
Aviñón el 13 de septiembre, lo mismo que Catalina y su
grupo de religiosos y seglares que la acompañaban.
Poco tiempo, sin embargo, duró la paz en la
Iglesia y tranquilidad de Catalina. El 27 de marzo de 1378 moría
Gregorio XI y 10 días después se reunía el cónclave
de Cardenales para elegir nuevo sucesor de Pedro, que tomó el
nombre de Urbano VI. Pero algunos cardenales, alegando que no habían
sido libres en la elección por las amenazas del pueblo romano,
que exigía un papa romano o al menos italiano, se reunieron en
Fondi y el 20 de septiembre del mismo año, eligeron a un nuevo
Papa, que tomó el nombre de Clemente VII. Había empezado
el cisma de occidente que dividió la Iglesia durante casi 40
años.
Santa Catalina sufrió al producirse éste
acontecimiento. Llamada a Roma por Urbano VI, realizó una ardiente
campaña en favor del verdadero Papa. Habló en consistorio
a los Cardenales, envió cartas, llamó junto a sí
a las más relevantes personalidades que podían acabar
con el espantoso cisma. Predicó por todas partes una cruzada
de santidad, único remedio para los males de la Iglesia.
En 1379 realizó infinidad de gestiones entre
los partidarios de uno y otro Papa, para rehacer de nuevo la perdida
unidad de la Iglesia. Ella misma se ofrece a Dios como holocausto y
víctima de propiciación.
ÚLTIMOS DÍAS
Exhausta de fuerzas (escribe Angel Motta), vive todavía.
Durante una temporada, en los primeros meses de 1380, acude diariamente
a San Pedro del Vaticano. La llama inquieta de su espíritu apenas
puede ya ser contenida por la fragilidad de un cuerpo que se desmorona.
Allí, arrodillada, estática, se ve aplastada por el peso
de la nave de la Iglesia. Dicta sus últimas cartas de testamento,
estimula y conforta a los suyos: "pequé, Señor; compadécete
de mí" dice reiteradamente, interrumpiendo sus dictados.
"Sangre,sangre", exclamaba, repitiendo el anhelo que había
consumido toda su vida. "Padre en tus manos encomiendo mi espíritu".
Cerraba el parénteis de su vivir terrestre,
al medio día del 29 de abril de 1380, domingo antes de la Ascención.
Acababa de cumplir 33 años de edad.
Fue canonizada solemnemente por el Papa Pío
II en la festividad de San Pedro y San Pablo del año 1461. Y
el 4 de octubre de 1970 fue declarada Doctora de la Iglesia, por el
Papa Pablo VI. |