Santa Catalina de Siena

Nació en el barrio Fondebranda, de la ciudad de Siena (Italia), el 25 de marzo de 1347. Fueron sus padres Jacobo Benuncasa, tintorero de pieles y Monna Lapa. Fue la vigésima cuarta de veinticinco hijos.


 

NACIMIENTO Y PRIMEROS AÑOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No recibió Catalina ninguna instrucción y ni siquiera sabía escribir, por lo que tuvo que recurrir a secretarios y amanuenses para redactar sus obras. Pero Dios le comunicó la ciencia difusa de las verdades divinas, de tal suerte que, en sus Cartas y su Diálogo habla como los más sabios doctores.

A los cinco años tuvo en plena calle una visión de Cristo extendiendo su mano para bendecirla, quedando ella tan transportada, que un hermano suyo que la acompañaba no podía volverla en sí. Esta fue la primera experiencia de lo sobrenatural, que dejó profunda huella en su espíritu y le abrió horizontes inmensos.

SEGLAR DE LA TERCERA ORDEN DE SANTO DOMINGO

Perseguida por su propia familia a causa del voto de virginidad que había hecho y de las espantosas austeridades que practicaba, se ocultó en la "celdilla" de su corazón, donde permanecía día y noche en coloquio amorosísimo con Dios, hasta que obtuvo de su padre la autorización para seguir su vocación. Tomó el hábito de la Tercera Orden de Penitencia de Santo Domingo, a los dieciseis años, apoximadamente y vivió algunos años en el seno de la famlia, enteramente entregada a la oración y al servicio del prójimo necesitado.

Su vida oculta, de maduración espiritual, culminó en el desposorio místico con Cristo a los veinte años. El Señor la guiaba personalmente por los caminos de la santidad. Su vida interior se va a desbordar en una continua y práctica de su lema favorito: "las florecillas del amor para Dios; los frutos para el prójimo".

ACCIÓN PÚBLICA

A los veinticuatro años de edad, entre 1371 y 1372 empezó de lleno la acción pública de Catalina. De esta época son las primeras cartas a las que grandes figuras del gobierno de la Iglesia y gobernantes de las repúblicas italianas, así como sus primeras actividades para promover la cruzada. Realizó varios viajes a Florencia, Pisa, Luca y otras ciudades italianas, siempre en misión de paz o para promover el bien de la Iglesia.

En 1376, después de lucas sin cuentro y de mi vicisitudes que hubieran desanimado el espíritu varonil más esforzado, Catalina consiguió del Papa Gregorio XI que abandonara Aviñón y volviese a residir en Roma, la ciudad predestinada por Dios, para centro de la cristiandad. La corte pontificia abandonó Aviñón el 13 de septiembre, lo mismo que Catalina y su grupo de religiosos y seglares que la acompañaban.

Poco tiempo, sin embargo, duró la paz en la Iglesia y tranquilidad de Catalina. El 27 de marzo de 1378 moría Gregorio XI y 10 días después se reunía el cónclave de Cardenales para elegir nuevo sucesor de Pedro, que tomó el nombre de Urbano VI. Pero algunos cardenales, alegando que no habían sido libres en la elección por las amenazas del pueblo romano, que exigía un papa romano o al menos italiano, se reunieron en Fondi y el 20 de septiembre del mismo año, eligeron a un nuevo Papa, que tomó el nombre de Clemente VII. Había empezado el cisma de occidente que dividió la Iglesia durante casi 40 años.

Santa Catalina sufrió al producirse éste acontecimiento. Llamada a Roma por Urbano VI, realizó una ardiente campaña en favor del verdadero Papa. Habló en consistorio a los Cardenales, envió cartas, llamó junto a sí a las más relevantes personalidades que podían acabar con el espantoso cisma. Predicó por todas partes una cruzada de santidad, único remedio para los males de la Iglesia.

En 1379 realizó infinidad de gestiones entre los partidarios de uno y otro Papa, para rehacer de nuevo la perdida unidad de la Iglesia. Ella misma se ofrece a Dios como holocausto y víctima de propiciación.

ÚLTIMOS DÍAS

Exhausta de fuerzas (escribe Angel Motta), vive todavía. Durante una temporada, en los primeros meses de 1380, acude diariamente a San Pedro del Vaticano. La llama inquieta de su espíritu apenas puede ya ser contenida por la fragilidad de un cuerpo que se desmorona. Allí, arrodillada, estática, se ve aplastada por el peso de la nave de la Iglesia. Dicta sus últimas cartas de testamento, estimula y conforta a los suyos: "pequé, Señor; compadécete de mí" dice reiteradamente, interrumpiendo sus dictados. "Sangre,sangre", exclamaba, repitiendo el anhelo que había consumido toda su vida. "Padre en tus manos encomiendo mi espíritu".

Cerraba el parénteis de su vivir terrestre, al medio día del 29 de abril de 1380, domingo antes de la Ascención. Acababa de cumplir 33 años de edad.

Fue canonizada solemnemente por el Papa Pío II en la festividad de San Pedro y San Pablo del año 1461. Y el 4 de octubre de 1970 fue declarada Doctora de la Iglesia, por el Papa Pablo VI.

 

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