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Juana de Aza quería orientar al niño
hacia el estado clerical. Para esto podía contar con la preciosa
ayuda de un hermano de ella, arcipreste y hombre letrado. Al cumplir
el pequeño los seis o siete años, pasó a vivir
con su tío el arcipreste. Iba a recibir la adecuada instrucción
en piedad y letras. El hermano de doña Juana de Aza cumplió
perfectamente con su misión. Domingo fue iniciándose en
el estudio de las letras, especialmente del latín, y en la práctica
del culto litúrgico, demostrando gran sensibilidad y habilidad
en el canto sagrado. El estudio y servicio en el templo llenaban las
horas de aquel niño que, tal vez por esto, dio pronto muestras
de una seriedad y madurez de juicio impropias de sus años. En
los planes de Dios todo sirve para la misión a que es llamado
cada uno.
ESTUDIANTE EN PALENCIA
A los catorce
años tuvo que dejar la tutela de su tío arcipreste para
pasar al estudio de las artes liberales. Sus progenitores le buscaron
un centro escolar proporcionado a la dignidad social de la familia.
No se estilaba en la Castilla del siglo XII, enviar a los hijos de los
nobles a estudiar fuera de sus fronteras. Poseía en cambio el
sobresaliente Estudio de Palencia, ciudad que tenía algo de metrópoli
provincial, y mucho de centro espiritual castellano. A Palencia fue
enviado Domingo, adolescente prometedor, alrededor del año 1186.
Cursó el trivium, sobre todo gramática y dialéctica,
que necesitaba para el estudio de la filosofa, imprescindible para dominar
la teología. No le interesó terminar las artes liberales,
porque no le importaban los certificados académicos. Su meta
era la teología cara al sacerdocio. Una vez impuesto en las disciplinas
filosóficas, se entregó, con toda la fuerza de su carácter
y temperamento, al estudio de la teología. Tampoco aspiraba al
magisterio, pues su vocación no era la enseñanza. Quería
seguridad y profundidad en el pensamiento teológico. Podemos
considerarlo como un perito en teología, de los que en aquellos
tiempos llamaban divinus, por su vinculación a la Divina Pagina.
De su etapa palentina nos queda un gesto de alto contenido simbólico
y de gran valor humano. El hambre que en 1196 asoló el mundo
occidental, fue de gravísimas consecuencias en Castilla, donde
el año anterior las tropas cristianas habrían sufrido
la humillante derrota de Alarcos, en la que muchos perdieron la vida
y otros la libertad. La victoria enardeció a los musulmanes y
los mozárabes fueron sometidos a una implacable persecución.
Muchos de ellos tuvieron que emigrar y buscar refugio en la cristiana
Castilla. El hambre y la esclavitud se convirtieron en las pesadillas
de los castellanos. El joven Domingo de Guzmán, cuyas muestras
de virtud eran ya patentes, vendió sus valiosos pergaminos en
los que tenía su Biblia y sus notas de clase personales, para
remediar el hambre en lo que pudo. Posteriormente, a falta de otros
medios, se ofreció a venderse como esclavo, para libertar a un
cautivo.
SANTO
DOMINGO: FUNDADOR DE LA ORDEN
En enero
de 1216, Fulco y Domingo, finalizadas sus gestiones en Roma, rebosando
entusiasmo, reemprendieron el regreso a Toulouse. Asuntos particulares
detuvieron a Fulco en Narbona. Domingo siguió adelante para llegar
cuanto antes a Prulla. Comunicó a la comunidad las buenas noticias
de que era portador. La confirmación pontificia de los bienes
y donaciones recibidas suponía una enorme tranquilidad para todos.
Nadie podría discutirles su legítimo dominio.
En Toulouse le esperaban sus frailes con la natural expectación,
y su llegada fue causa de inmensa alegría. Mensajero de una buena
nueva, y de grandes promesas que llenaban su mundo de esperanzas. Tendrían
que tomar una decisión trascendental pues de ella dependería
su futuro. Elegir una de las Reglas ya aprobadas, cumpliendo lo mandado
por el Papa. La elección tenía que ser unánime,
porque la obligación de cumplirla iba a recaer sobre todos. Era
lo más justo y así lo había pedido Inocencio III.
Quiso Domingo que aquel capítulo con categoría de fundacional
se celebrase el día de Pentecostés que en aquel 1216 cayó
el 29 de mayo. Necesitaban más que nunca la presencia e inspiración
del Espíritu Santo. No les fue difícil dar con la solución
del gusto de todos. La Regla de San Agustín, reflejo de la forma
de vida apostólica, les ofrecía todo lo que podían
necesitar. Al aceptar la Regla agustiniana entraban a formar parte de
las religiones aprobadas, y por su condición de canónigos
regulares tenían ya una definición canónica que
les distinguía de las familias monásticas. A lo prescrito
en la Regla añadieron estatutos propios, acentuando la austeridad
de vida.
Aquel pequeño grupo formado en torno a la figura de Domingo predicador,
había vivido en las casas de Pedro Seila, pero en ellas no había
capilla alguna. Ellos la necesitaban para poder cumplir con el rezo
litúrgico que les imponía su condición canónica.
Además les convenía tener iglesia donde pudiesen desarrollar
su actividad como predicadores. No podía ser un templo parroquial,
pues el cometido de predicador era incompatible con la sujeción
que lleva consigo el ministerio parroquial. Domingo no tuvo más
remedio que contar con la buena disposición de su amigo Fulco,
el prelado, para poder disponer de una iglesia en la que cumplir con
el oficio canónico y con el ministerio de Predicador. Como el
obispo tenía
que asistir al homenaje que el conde Simón de Montfort tenía
que rendir al rey Felipe Augusto, tuvo que esperar varias semanas hasta
ver atendida su petición.
Entrado el mes de junio, cumplidos sus compromisos diplomáticos,
Fulco regresó a la diócesis y se reincorporó a
su trabajo. Una de las primeras gestiones que tuvo a bien llevar a cabo
fue atender la petición de Domingo. Influyó ante el preboste
y capítulo catedralicio para que cediesen la iglesia de San Román,
a fray Domingo, «prior y maestro de predicadores», y a sus
discípulos, para poder cumplir con sus obligaciones canónicas
y ministeriales. La cesión se hizo al mes siguiente, aunque los
canónigos impusieron algunas limitaciones que consideraron necesarias
para la defensa de sus derechos.
Los frailes de Domingo contaban ya con su iglesia, en la que cumplir
sus compromisos. Quedaba por organizar la vida conventual según
las normas de San Agustín. Construyeron las dependencias necesarias
en torno a un modestísimo claustro adosado al templo, y en el
que cada religioso pudiese tener su celda conventual donde estudiar
y dormir; todo en la más estricta y rigurosa pobreza. Al profesar
Domingo aquel género de vida, quedaba desvinculado por completo
de su compromiso anterior con el cabildo de Osma. Sus compañeros
tuvieron que hacer la debida profesión religiosa en manos de
Domingo, prometiéndole obediencia a él y a la Regla de
San Agustín con las instituciones de los frailes Predicadores.
Era toda una familia religiosa.
La Orden de Domingo de Guzmán, confirmada, bien definida y adecuadamente
instalada comenzó a intensificar su beneficiosa influencia. Tenía
su Regla completada con una legislación propia, su título
canónico, su convento, y su misión específica.
La actividad de predicador atraía incluso a miembros de otras
familias religiosas. Por lo tanto, el número de discípulos
de Domingo aumentaba. Grande era la diócesis de Toulouse y muchas
sus necesidades. También en otras partes las necesidades eran
muy grandes. La visión de Domingo reposaba en lo universal, y
tenía la promesa del Romano Pontífice. |